LECTURAS PARA ENTENDER LA CIENCIA

Los libros que acercan la ciencia al gran público aumentan. Atrás empieza a quedar el cliché de que lo científico es incomprensible. Dos pioneros en esta ruta de hacer amenas las historias de hallazgos, números y códigos son los creadores de la doble hélice, Francis Crick y James Watson, que demostraron que también eran buenos escritores. Descubrieron que las cosas sobre las que la gente chismorrea son las que más importan. Sugerimos una biblioteca básica para familiarizarse con la genética, la física o Internet.

Francis Crick, uno de los mejores científicos del siglo XX, vio interrumpida su formación académica por la II Guerra Mundial -entre otras cosas, para colaborar con el Gobierno británico en el desarrollo del radar- y al acabar la contienda, cuando tuvo la oportunidad de dedicarse por primera vez a la investigación básica, se encontró con que no sabía en qué problema científico quería centrarse. Dudó, vaciló y se desesperó hasta que dio con un método de su propia invención para tomar decisiones: el test del chismorreo. Crick era físico, pero pronto se dio cuenta de que, cada vez que salía a cenar o a tomar una pinta de cerveza, acababa chismorreando sobre dos asuntos biológicos: la frontera entre lo vivo y lo inerte, y la frontera entre lo consciente y lo inconsciente. Las cosas sobre las que uno chismorrea, se dijo, son justo las que más importan, así que Crick decidió dedicar un cuarto de siglo a la primera frontera y otro a la segunda.

Cincuenta años después, los dos chismorreos de Crick son las áreas más fascinantes, enigmáticas y creativas de la biología. Aplíquese usted el test del chismorreo y, si los resultados son similares a los que obtuvo Crick, considere la posibilidad de leer los libros que se mencionan. Casi ninguno se publicó la semana pasada -alguno tiene más de treinta años-, pero el futuro no se puede entender sin ellos. Y lo más importante: son los libros sobre los que las mentes curiosas seguirán chismorreando durante décadas.

‘Nunca he visto a Francis Crick comportarse con modestia’. Así arranca La doble hélice, de James Watson, un pequeño volumen que rompió con tres siglos de corsés al presentar un episodio científico fundamental -el descubrimiento de la doble hélice del ADN, logrado en 1953 por los propios Watson y Crick- con un insolente y ágil desparpajo que retrató una cara de la actividad científica de élite desconocida fuera de los laboratorios: un juego de ambiciones intelectuales enfrentadas, de carreras ciegas que no excluyen los codazos, las discriminaciones sexuales, las cartas escondidas, las miradas furtivas, las brillantes envidias del brillo ajeno. La doble hélice no sólo fulminó el cliché del sabio despistado y bondadoso, sino que además es un libro divertidísimo.

Watson, que sigue en activo (ha sido el alma y primer director del Proyecto Genoma Humano), acaba de publicar otro libro de memorias científicas que puede considerarse una continuación de La doble hélice. Se titula Genes, Girls and Gamow, y es seguro que pronto llegará a España.

Ahora, saltemos de Watson a Crick. El inventor del test del chismorreo también publicó un excelente volumen de memorias científicas, que puede leerse alternativamente como un recetario de pensamiento creativo escrito por uno de los pensadores más creativos de nuestro tiempo: Qué loco propósito. Entre otras cosas de enorme interés, Crick cuenta cómo la idea más brillante de su vida -un código genético perfecto, elegante e impregnado de belleza conceptual- se acabó convirtiendo en el mayor error científico de su carrera. Una fábula tejida con la vida real que revela cómo, en biología, uno puede equivocarse por ser demasiado brillante. La vida es el producto de la evolución, un mecanismo oportunista y chapucero, y rara vez se aviene a los dictados de una teoría simple y elegante. La buena biología teórica suele ser sucia y borrosa, tan oportunista y chapucera como su propio objeto de estudio. Qué loco propósito enseña a pensar, y sólo por eso debería ser una lectura imprescindible, pero es casi inencontrable en castellano.

Los dos escritores sobre biología más célebres, Richard Dawkins y el recientemente fallecido Stephen Jay Gould, nunca se han podido soportar el uno al otro, y esto no es una mera anécdota, sino que refleja una división muy profunda -y fructífera- en el seno de esta ciencia. Simplificando la cuestión, Dawkins representa a la biología británica, que tiende a ver a los seres vivos como un producto de su entorno histórico, y Gould recoge la tradición alemana, que da más importancia a la lógica interna por la que se construye el organismo.

Esa discrepancia puede haber amargado la vida a estos dos autores, pero no es más que una fuente de placer para los demás mortales. Además de dos buenos científicos, Dawkins y Gould son magníficos escritores, y el lector novato tiene a su disposición dos docenas de títulos que le abrirán un universo de conocimiento. El gen egoísta (Dawkins) y La vida maravillosa (Gould) son dos clásicos imprescindibles, pero hay mucho más donde elegir. Consulte a su librero.

El mundo de los genes constitu-

ye la primera frontera de Crick, el nexo entre lo vivo y lo inerte. Viajemos ahora hasta la segunda frontera, las tripas de la consciencia. El propio Crick ha tratado el asunto en La búsqueda científica del alma.

Ahora les presento a otro autor de gran interés. Steven Pinker es uno de los dos o tres mejores escritores científicos de la actualidad, y sin duda el mejor sobre el desbordante problema del cerebro humano. Neurocientífico y lingüista del Massachusetts Institute of Technology (MIT), e inevitablemente asociado al gran fundador de la lingüística moderna, Noam Chomsky, Pinker ha publicado cuatro libros fascinantes sobre la mente y sus engranajes, todos ellos dotados de una excepcional agudeza, una asombrosa claridad y un encomiable sentido del humor. El mejor para empezar es Cómo funciona la mente, y lo mejor que se puede decir de él es que casi hace honor a su título.

Hay mucho más, pero lo dejaremos para después. Ahora es el momento de ponerse a chismorrear.

desde

El ‘test del chismorreo’ · ELPAÍS.com.

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