TEXTOS DE OSVALDO BAYER SOBRE LA PATAGONIA REBELDE

patagoniarebelde.jpg

fuente

La larga marcha por Osvaldo Bayer

Hace ochenta años, por las inmensidades patagónicas se escuchaba el eco de balazos. Se estaba fusilando a gente humilde. Los fusiladores eran soldados de Buenos Aires. Eran tiempos de Yrigoyen. A las peonadas se las fusilaba por huelguistas. Querían hacer cumplir un convenio firmado meses antes por el propio militar que ahora las fusilaba.


Los huelguistas eran trabajadores de la lana. Exigían cien pesos por mes, que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, que se les diera un paquete de velas por mes para iluminarse de noche, y otras pequeñeces. El año anterior, el teniente coronel Varela había venido y firmado el primer convenio rural de la Patagonia, aceptando el petitorio de la gente de la tierra. Pero el convenio no fue cumplido en nada por los patrones. Y las peonadas volvieron a dejar el trabajo y a formar emblemáticas columnas exigiendo justicia; columnas que recorrían el interminable horizonte de las tierras frías pobladas de animales de blanca lana. Es aquí donde se produce el derrumbamiento de toda moral, de toda irracionalidad, del más mínimo principio de ética. Varela vuelve con su 10 de Caballería y en vez de castigar a los estancieros que no habían cumplido, fusila concienzudamente a las peonadas, por huelguistas. No hay escapatoria, todo huelguista sea gaucho, chilote o anarquista europeo es castigado duramente y luego fusilado. Sin juicio ni acta. Por orden del comandante. Santa Cruz quedará para siempre con montículos llenos de muertos. Las llamadas tumbas masivas. Ahí permanecerán para siempre, en el silencio del desierto y de las cobardías humanas. Nadie hablará. Sólo en voz baja. Ni los salesianos las marcarán con una cruz de palo ni nunca una mano de mujer colocará una flor. Los gauchos vuelven al corazón de la tierra. Esta es tierra de obediencias debidas. De fusilamiento y desaparición. Las ovejas son para los ingleses y para los señores de las sociedades rurales. Y nada más. Ese es el orden establecido. A los cuales jamás una jeta de negro vendrá a imponerles algo. La comunidad británica de Santa Cruz despedirá al comandante con un emocionado “porque eres un buen camarada”. Hay lágrimas en esos hombres gordos y colorados. El comandante ha cumplido con las órdenes de la Casa Rosada. ¿O no?
Porque ahora vendrá la cosa. El balurdo es demasiado grande. En Buenos Aires se ha seguido fusilamiento por fusilamiento. La oposición pregunta con voz tonante: ¿quién ordenó matar? Los sindicatos ocupan las calles en protesta.
Fusilar en la lejanía había sido cosa fácil. Pero ahora, a esta opinión pública informada, ¿qué se le dice? ¿Cómo es esto que en la Argentina no hay pena de muerte, pero para con los peones huelguistas sí, y sin juicio previo?
Se va sabiendo que cuando se declaró la segunda huelga, el presidente Yrigoyen estaba en una situación difícil. El gobierno británico le había enviado un conceptuoso mensaje que si no defendía las propiedades de los súbditos de S.M., Londres enviaría dos buques de guerra que estaban en Malvinas al territorio de Santa Cruz para guardar el orden. Y todos saben que Gran Bretaña no deja solos a sus súbditos en ninguna parte del mundo.
También Yrigoyen pasaba un mal momento con el partido dividido, con problemas en Mendoza, con huelgas rurales en la pampa bonaerense, etc. Y se estaba a corto plazo de las próximas elecciones presidenciales.
El hilo se cortó por lo más delgado. La orden presidencial al comandante Varela fue terminar con las huelgas patagónicas, y para siempre. El comandante cumplió con toda ferocidad el deber encomendado. Total, los muertos habían quedado lejos, y eran nada más que pobres ovejeros, gente de campo, y algunos anarquistas que proclamaban un paraíso futuro sobre la base de la libertad y el antiautoritarismo. La tragedia oculta llegó al Congreso Nacional. Y ahí quedó todo en claro. Los fusilamientos masivos. La actitud criminal de Varela y sus oficiales Anaya, Viñas Ibarra, Campos, Schweitzer.
La oposición pidió el esclarecimiento de todo. Una comisión investigadora que concurriera ya a las latitudes sureñas para hacer un relevamiento del crimen. Pero la bancada radical votará en contra. No quiere saber la verdad.
Ejerce el poder de su número para tapar el crimen.
La primera víctima ha sido la democracia.
El comandante Varela justificará su conducta ante sus superiores en el ejército elevando un escrito en el que señala: “El Excelentísimo Señor Presidente de la Nación me ha manifestado su conformidad con el procedimiento empleado por las tropas a mi mando en el movimiento sedicioso de la Patagonia, no permitiendo que se efectuara investigación alguna sobre el proceder de las tropas”.
Obediencia debida y Punto Final. Y no se habló más. La Justicia se calló la boca pese a lo público del caso. Miró para otro lado.
Los únicos que no se conformaron fueron los anarquistas. Habían esperado que se hiciera justicia. Como todos se lavaron las manos, decidieron que la justicia la iba a hacer el pueblo. El anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens hizo uso del “sagrado derecho de matar al tirano”. Lo esperó a Varela en la calle, le arrojó una bomba -que expresaba la explosión de la ira del pueblo- y le fue perforando el cuerpo con cinco balazos. Wilckens fue asesinado en la cárcel y será el momento en que el pueblo salga a la calle a enfrentar a la policía y a declarar el paro general. Fueron días de lucha a brazo partido. Las publicaciones proletarias llorarán la muerte del vengador. Poco después los anarquistas pondrán punto final a la trágica sucesión de muertos y matarán al carcelero que había asesinado a Wilckens.
El radicalismo siempre guardó silencio ante la tragedia de las peonadas rurales. El autor de estas líneas se dirigió por escrito a todos los presidentes del Comité Nacional de ese partido. Les pedía una autocrítica y, el 7 de diciembre, fecha de los fusilamientos en la estancia “La Anita”, ir personalmente a depositar una flor allí. Jamás me contestó ningún titular del máximo cuerpo del radicalismo. Les recordé el gesto de Willi Brandt, el primer ministro alemán quien -en su primera acción de gobierno- se puso de rodillas ante el monumento al Holocausto y pidió perdón en nombre del pueblo alemán. Tampoco la CGT jamás hizo un acto recordativo porque temía enemistarse con el ejército.

Pero, desde abajo, se ha ido rompiendo el silencio. Después de décadas, hoy, muchos lugares recuerdan a los héroes obreros. La tumba de la estancia “La Anita” ha sido marcada con un templete; una calle de Río Gallegos se llama Antonio Soto; la escuela secundaria de Gobernador Gregores lleva el nombre de José Font (“Facón Grande”) por el voto de los docentes, de los alumnos y de los padres de los alumnos. En Galicia, la tierra natal de Antonio Soto, hay una calle con su nombre en El Ferrol, y una placa recuerda su nacimiento en esa ciudad.
Y en Jaramillo se levanta la estatua al gaucho entrerriano José Font, fusilado por Varela en ese lugar, un hermoso monumento en medio del desierto patrocinado por UATRE, la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores. Y, en este ochenta aniversario, la organización rural pondrá el nombre de José Font al hotel para sus afiliados que se encuentra en Buenos Aires.
El silencio ha sido roto. La falta de coraje civil ha sido vencida. Las peonadas fusiladas por el miedo y la crueldad, se han levantado de sus tumbas y han comenzado a recorrer sus queridas tierras santacruceñas. Allí donde alguna vez soñaron vivir con dignidad y gozar de sus horizontes interminables.

artículo publicado en Página/12, 2001

Génesis, desaparición y regreso de una película por Osvaldo Bayer – volver
Justo en 1974 todos aquellos que hicimos La Patagonia Rebelde nos ocupábamos todo el día en hacer posible su exhibición. El film estaba listo pero no podía estrenarse por cuestiones de censura. Juan Domingo Perón era el presidente y todo se había ido corriendo hacia la derecha desde los tiempos de Cámpora. Antes, en el Ente (censura) estaba Octavio Getino y él aprobó el guión sin ningún problema, igual que Mario Sofficci, el talentoso y bonachón director de cine, que presidía el Instituto Nacional de Cinematografía y que no encontró ningún inconveniente en entregar el préstamo a este film histórico. Al contrario, lo hizo con alegría. Pero, ese paraíso de la cultura que fue el gobierno de Cámpora apenas duró cuarenta y dos días y fue reemplazado por el yerno de López Rega, Raúl Lastiri, por orden de Perón.

Yo lo conocía bien a Lastiri. En mis tiempos de estudiante me ganaba la vida como bañero en la piscina del Club de Comunicaciones, en Núnez, en las vacaciones de verano. Y todas las tardes, sin falta, entraba al club este caballero vestido de impecable traje azul marino, camisa de cuello duro y llamativa corbata; se dirigía hacia la piscina y me hacía siempre la misma pregunta: “Y pibe, ¿cómo están las minas?”. Ese señor, que me parecía un tanto ridículo con su atuendo poco deportivo, llegó a ser presidente de la Nación. Lastiri, en aquel tiempo -a fines de los ’40-, era secretario privado del presidente del club. Un empleo tal vez inventado para darle sostén a este personaje que tenía un no sé qué de cafiolo porteño. Pero mi mente adolescente, a pesar de sueños y fantasías, no imaginó nunca, que este señor de diaria pregunta lasciva iba a regir “los destinos del país”, y también el mío, en 1973.

Porque este señor Lastiri -ya presidente- aprobó un decreto por el cual se prohibía mi primer libro, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (y por supuesto no sólo el mío, sino una larga lista). Empezaba mal el gobierno peronista. Recuerdo mi sentimiento de impotencia ante el acto degradante para la cultura de un palurdo así que había irrumpido en el escenario político levantado por el dedo del General. Un año después, ya con el General en el poder, nuevamente esa sensación de impotencia. Esta vez todo fue más refinado, lo que pasó con el film La Patagonia Rebelde. Se anunció con grandes avisos en los diarios del país para estrenarla el 2 de abril de 1974. Pero el Ente no es que la haya prohibido, sino que no la calificó, y sin calificación no se podía dar. El representante del Ministerio de Defensa se había mostrado en contra de la exhibición. De manera que el film se encontró en una situación ambigua: ni estaba permitido ni estaba prohibido.

Pero los problemas habían comenzado antes. durante la filmación, en la Patagonia, las noticias que se recibían eran inquietantes. El 22 de enero, cuando estábamos filmando en Puerto Deseado, supimos que Perón había destituido al gobernador de Buenos Aires -Oscar Bidegain, de la izquierda de su partido- y lo había reemplazado por Victorio Calabró, un integrante de la derecha y de la burocracia sindical. Y el 8 de febrero se había producido un episodio, tal vez pequeño en el ámbito político, pero muy significativo, ya que mostraba a Perón decidido a todo en su lucha contra la izquierda. En una conferencia de prensa realizada en Olivos, la periodista Ana Guzzetti, de El Mundo, le pregunta a Perón: “Señor Presidente, cuando usted tuvo la primera conferencia de prensa le pregunté qué medidas iba a tomar el gobierno para parar la escalada de atentados fascistas que sufrían los militantes populares. En el término de dos semanas hubo exactamente veinticinco unidades básicas voladas, que no pertenecen precisamente a la ultraizquierda; hubo doce militantes muertos y ayer se descubrió el asesinato de un fotógrafo. Evidentemente todo está hecho por grupos parapoliciales de ultraderecha”. Perón, fuera de sí, le respondió: “¿Usted se hace responsable de lo que dice? Eso de parapoliciales lo tiene que probar”. Y se dirigió al edecán aeronáutico y le indicó: “Tome los datos necesarios para que el Ministerio de Justicia inicie la causa contra esta señorita”. La joven le informó a Perón: “Le aclaro que soy militante del movimiento peronista desde hace trece años”. Perón le contestó: “Hombre, lo disimula muy bien”.

Nos imaginamos lo que le habría ocurrido a otro presidente que hubiera hecho tal gesto de amedrentamiento contra el periodismo. Pero Perón podía permitirse una cosa así. Este episodio nos hizo ver que todo el escenario represivo aumentaba y paulatinamente se iba trasladando, como siempre sucede, a la cultura, y hasta a la vida íntima del pueblo. Por ejemplo, el decreto de Perón de fines de febrero que controlaba la comercialización de anticonceptivos. Se establecía que sólo podían ser vendidos con receta y éstas debían estar en triplicado. Una medida que se explicaba solamente por la injerencia de la Iglesia. Era un intento de represión de la vida sexual, sin ninguna duda, a pesar de que se explicaba que “una disposición tendiente a aumentar la natalidad como forma de alcanzar la meta de 50 milloones de habitantes para el año dos mil”. Si no se permitían condones menos se iba a permitir un film que denunciara una escondida masacre patagónica ocurrida hace medio siglo.

Cuando terminamos de filmar exteriores y vinimos a Buenos Aires para interiores, se produjo algo tan insólito que cuesta creerlo. El “navarrazo”. Se levantó el jefe de policía de Córdoba Antonio Navarro y con una docena de milicos volteó al gobernador Ricardo Obregón Cano y al vicegobernador Atilio López; éste un gremialista combativo. Los dos pertenecían a la izquierda del peronismo. Perón dejó de hacer maniobra e intervino la provincia en vez de defender al legítimo gobernador. El ritmo de la filmación fue acelerado mucho más con todo el apoyo de los actores y de todo el personal técnico, aunque algunos de nosotros ya no creíamos en un buen final, pero por eso mismo aumentaba la porfía. Ya la primera advertencia que debíamos darnos prisa nos la había hecho el gobernador de Santa Cruz, don Jorge Cepernic. A él yo lo había conocido años antes durante la investigación de las huelgas del ’21. Era hijo de un trabajador rural que había participado en la huelga y mucho me ayudó a encontrar testigos de la época y en situar tumbas masivas. En aquel tiempo -estoy hablando del ’69/’70-, él era uno de los pocos justicialistas que hacía fe de su ideología partidaria abiertamente. Ese riesgo y ese jugarse le abrió camino para posteriormente ser el candidato a gobernador indiscutible de ese partido en 1973. Y por supuesto, fue electo gobernador. Cuando supo de nuestros planes de llevar al film aquella investigación histórica, desde la gobernación nos dio pleno apoyo y ayuda. Por eso él se sentía muy responsable y preveía dificultades dado el enrarecimiento político de aquellas últimas semanas. Y en ese enero de 1974, se vino desde Río Gallegos hasta una estancia -a cuarenta kilómetros- donde estábamos filmando la escena del fusilamiento del líder obrero Outerello (que hizo ese gran actor que se llamó Osvaldo Terranova). Desde una loma vimos venir al gobernador, que se había bajado del auto y se aproximaba subiendo el desnivel. Me llevó a un aparte y me dijo: “Acabo de recibir un telegrama del Ministerio del Interior inquiriéndome quien dio el permiso para filmar en Santa Cruz La Patagonia rebelde. Se ve que en el gobierno hay fuerzas que se oponen. Voy a hacer como que no he recibido nada. Lo único que le pido es que traten de acelerar la filmación todo lo posible. Deseo fervientemente que la película pueda terminarse”.

tomado de Cátedra de Derechos Humanos – sitio de Osvaldo Bayer.

La Patagonia no se rinde por Luis Bruschtein – volver

“Es un momento importante en la Argentina”, afirma Osvaldo Bayer. “La gente busca señales de rebeldía como fue la huelga en la Patagonia, una historia épica que parece salida del realismo mágico.” Los grandes luchadores anarquistas, sus sueños y sus logros habían sido sepultados en la historia de la misma forma que los obreros muertos en la Semana Trágica y en las huelgas de la Patagonia. Denostados por el sistema y por las izquierdas, habían llegado a convertirse en una suerte de gran demonio para unos y otros. La tergiversación y el olvido, como en otras etapas de la historia argentina, habían hecho su trabajo de zapa sobre un tema considerado tabú. La publicación de La Patagonia Trágica en 1972 sirvió para “terminar con la leyenda negra y empezar con la difusión histórica”, señala Bayer. Al cumplirse treinta años de la salida del libro, el autor reunió en un solo volumen los cuatro tomos de la saga de los anarquistas argentinos que llegará a las librerías bajo el título de La Patagonia rebelde.
-Ya cuando regresé a la Argentina salió con ese nombre, igual que el film. El nombre Patagonia Trágica había sido usado por un libro de José María Borrero de la década del ‘20, que hablaba de los estancieros y los indígenas. El hijo del escritor me llamó y no tuve inconveniente en cambiarlo. Ahora va a salir en un solo tomo, con fotos y todo, para que pueda comprarlo la gente que no puede acceder a los cuatro tomos. Es un compendio con mejoras y nuevas cosas. Para mí es una alegría porque fue difícil toda la edición del libro. La investigación fue muy difícil porque se trataba de un hecho tapado, escondido, del que nadie quería hablar. Pero la suerte fue que estaban todos vivos, los soldados intervinientes, los políticos, los estancieros, menos los fusilados. El gallego Soto, uno de los principales dirigentes de la huelga, había fallecido unos años antes de que empezara la investigación pero pude hablar con la viuda y la hija.
Hace poco le hicieron un homenaje en Galicia.
-Sí. Cuando escapó de los fusilamientos, fue a Santiago de Chile, donde siguió como dirigente obrero, y terminó en Punta Arenas, donde falleció en 1966. Yo empecé en 1968. Los gremios gallegos han puesto su nombre a una calle en el Ferrol, que es donde nació. Y también pusieron una placa en la casa donde nació, en el barrio pobre. También se ha levantado un monumento a Facón Grande, otro de los dirigentes de la huelga, inclusive hay una escuela que lleva su nombre. A pesar del olvido y todo lo demás, los libros sirvieron para terminar con la leyenda negra y empezar la difusión histórica.
¿Cuántos libros se vendieron en estos treinta años de “La Patagonia rebelde”?
-Han sido tiempos muy distintos. Cuando salió el primer tomo, en 1972, se vendieron 200 mil ejemplares. Hoy es una cifra impensable. Los best sellers están en 12 mil, 13 mil ejemplares. Había un gran interés. Después salió el segundo tomo. Ya se puso difícil la situación. El tercer tomo salió cuando las Tres A andaban por las calles. Mientras tanto, salió la película en 1974, que fue prohibida por Isabel. Me costó el exilio porque salí en la lista de las Tres A. Y el cuarto tomo ya es una historia de realismo mágico, una historia de la Patagonia que tuvo que salir en Alemania y escrita en castellano.
¿Cómo tomaron los militares a “La Patagonia rebelde”?
-Fue prohibida por la dictadura y quemada en la hoguera. Un comunicado del teniente coronel Gorleri, en Córdoba, con Menéndez, dice que lo hace por Dios, Patria y Hogar. Fue publicado en los diarios. Cuando Alfonsín envió la lista de ascensos al Senado, yo mandé un comunicado, pero igual lo ascendieron. Pareciera que quemar libros no es un crimen. Ahora es general retirado. Así que el libro tuvo una historia paralela al film.
Fue la marca de los anarquistas.
-Sí. Los libros sirvieron para una gran discusión, un gran debate. A mi regreso fui muchas veces invitado a la Patagonia a discutir esta temática.Es un poco el hecho máximo que sucedió allá. La democracia no creyó necesario investigar el porqué de esta masacre.
Es algo que se repite en la historia argentina…
-Pero es grave que haya ocurrido en el primer gobierno democrático, que la Justicia no se diera por aludida a pesar de las publicaciones, que la presidencia no respondiera nunca. La única que reaccionó fue la oposición en el Congreso, pero la bancada radical lo dejó sin quórum por lo que no pudo formarse la comisión investigadora. La oposición era socialista y conservadora. Dos años antes se había producido la Semana Trágica. El Partido Radical jamás se dio por aludido. He tenido por costumbre cada vez que asume un presidente del Comité Nacional escribirle una carta preguntando cuándo se va a hacer la autocrítica con respecto a la Patagonia. Nunca me han contestado. Ni Ricardo Balbín, ni siquiera Rodolfo Terragno, que fue amigo y periodista conmigo. Me encontré con él en el velorio de Osvaldo Soriano y le dije: “Rodolfo, no me contestaste la carta que te escribí” y me dijo: “Lo que pasa es que justo ahora, con los problemas que tengo en el partido, no me voy a meter con Yrigoyen”. ¿Cuándo se van a meter con Yrigoyen, cuando pasen tres siglos? Le recordé a Willy Brandt, cuya primera acción de gobierno fue ir al monumento al Holocausto, arrodillarse y pedir perdón en nombre del pueblo alemán.
El silencio los hace más cómplices con el hecho…
-No hubo un solo historiador radical que tratara de aclarar desde el punto de vista del partido por qué se hizo esa represión…
Es paradójico porque muchos anarquistas, cuando tenían que votar a veces dudaban entre algún candidato socialista o radical, había vasos comunicantes, más allá de las diferencias.
-Lo que pasa es que no hay peor enemigo que los del propio palo. Los anarquistas odiaban a los socialistas porque los acusaban de haber dividido al movimiento obrero. Porque la primera gran corriente del movimiento obrero fueron los anarquistas. Y fueron los socialistas alemanes del club Vorwërts los que empezaron a enseñar marxismo, y con los socialistas franceses fundaron el Partido Socialista, que empieza a tener importancia en la clase trabajadora y llevará a la división del movimiento obrero: la FORA del quinto y la FORA del noveno. Al final apoyarán a los radicales por antiperonistas. Ellos eran profundamente antiperonistas.
Aun así, los radicales y los peronistas toman muchas cosas de los anarquistas.
-Lo que pasa es que el radicalismo en sus comienzos fue tan populista como el peronismo. Pero hubo bronca con Yrigoyen y con Alvear por Simón Radowitzki, al que dejaron en la cárcel durante 21 años. A Radowitzki lo largó en el ‘30 Yrigoyen porque los molineros estaban haciendo una huelga fortísima. Los radicales los llamaron y les dijeron que si levantaban la huelga liberaban a Radowitzki. Hicieron una asamblea y la levantaron, pero no dijeron que lo hacían por Radowitzki. Los tres dirigentes molineros renunciaron para siempre, como diciendo “ése fue nuestro pecado”. Pero liberaron a Radowitzki, aunque Yrigoyen traicionó, porque cuando el barco que lo traía estaba en el Río de la Plata viene el vapor de La Carrera y la policía lo embarcó a Montevideo.
Todavía le tenían miedo.
-Era una especie de mártir de la anarquía. Dominaba el penal, era delegado de los presos comunes, y pese a que estaba tuberculoso, aguantó 21 años en el sur. Para los presos tenía una aureola sobrehumana. La pena decía que cuando se acercaba la fecha del asesinato del coronel Ramón Falcón, esos siete días, lo ponían en un calabozo a la intemperie, sin calefacción. Se salvó de la muerte porque tenía 18 años en 1910, cuando lo procesaron.
La Patagonia es un libro sobre la rebeldía. ¿Volver a publicarlo después de 30 años de su aparición tiene alguna relación con que en el país parece terminar un largo ciclo con respecto al miedo?
-Creo que tiene que ver, hay mucho interés en la gente por conocer estas señales de rebeldía. La huelga patagónica es épica, increíble. Quien viaje por Santa Cruz no se explica cómo recorrían a caballo estos gauchos, las peonadas, para levantar a la gente. Si lo hace en auto, tardan todo un día. Además, el sentir de la camaradería, lo hermoso de los comunicados, la existencia de esa sociedad de oficios varios. Ya en la primera década del siglo pasado, los anarquistas se organizaron en esos pequeños puertos. La historia tiene la fuerza de una epopeya.
¿Cuál le resultó el personaje más atrapante? Le pregunto porque hay una reconstrucción muy detallista de los personajes.
-Porque después de tantos años, el relato de los compañeros que se habían salvado era muy épico sobre esos personajes. Contaban todas las anécdotas, por ejemplo el caso de Argüelles. Estaba acá en la Semana Trágica, se fue perseguido a San Julián y allí pasó a ser secretario general del sindicato. Hace tres meses me llamó una mujer y me dijo que era la hija de Argüelles. Nos juntamos y me contó una historia fantástica de amor. Los dos eran obreros y la madre quedó embarazada, no se casaron nunca y él tuvo que salir huyendo al sur. Le mandaba poesías desde San Julián. Esta mujer creció como hija natural, y ahora, ya con 81 años, me recitaba las poesías del padre. Por otro lado, tres días antes me había atacado la hija del general Anaya, diciendo que me iba a fulminar.
Se podría escribir otro tomo de la saga con las peripecias que se derivaron del libro…
-Sí, sería el quinto tomo.
¿Qué fue lo que más lo atrajo de la historia de los anarquistas?
-Todo ese altruismo de la gente que se sacrificaba por sus compañeros. De todos modos, quise ser muy preciso, porque no se pueden ocultar cosas ni mentir en la investigación histórica, así que cuando hubo una traición o alguna forma de tergiversar la huelga, yo lo puse. Como pasó con el Consejo Rojo, un grupo de nueve o diez huelguistas que formó el Consejo Rojo, aprovechando la huelga, y empezó a robar e incendiar estancias.
¿Y eso tuvo alguna repercusión?
-En esa época los Montoneros se enojaron porque decían que lo había puesto para joderlos. Pero no era así, era la verdad histórica. Y cuando se estrenó la película, la única crítica en contra fue del diario Noticias, de los Montoneros. Fue una vergüenza, se lo dije a Juan Gelman, a Bonasso y a Verbitsky y a tantos otros. Qué cosa. Cuando vino un periodista alemán, los Montoneros le dijeron que era una película socialdemócrata y lo publicó allá.
Eso demostraba que la película y el libro hablaban de la realidad y generaban una polémica.
-Claro, no iba a adaptar la realidad al gusto de ellos, ni de nadie. Fue tremenda la crítica. Por eso me llamaban “el burguesito”, decían que era la versión burguesa de los anarquistas. Después hice Severino Di Giovanni y me causó pena de que el ERP lo tomara como libro de cabecera. Yo lo escribí para que aprendan cómo un hombre se pierde en la violencia.
En esa época podía explicarlo mil veces, pero en ese aspecto todo estaba muy revuelto…
-Los anarquistas violentos tenían siempre una frase de un francés que decía “no hay inocentes”, porque hacían un atentado y por ahí moría un pibe. Y sí hay inocentes. Era raro en Severino, porque él siempre se exponía más en todo sentido. Fue un período muy difícil y pagué con el exilio la escritura de Severino que ya fue prohibido por el gobierno de Perón con un decreto muy cómico, porque prohibía la exportación del libro, así que nosotros protegíamos a otros países. No querían decir que lo prohibían acá para no aparecer como autoritarios. Por supuesto, las librerías dejaron de venderlo. Después se completó con Los anarquistas expropiadores que ya lo prohíbe la dictadura. Lo que hice fue mandar los originales a través de la embajada alemana aquí. El agregado cultural losmandó escondidos cuando viajó su hija. Y yo después pude hacerlos imprimir para terminar la obra. Solamente se hicieron mil ejemplares.
En la figura de Facón Grande se entronca la tradición anarquista de los inmigrantes con el criollo. Surge como una figura emblemática del proceso de mixturación del movimiento.
-Esa es la grandeza de la figura de Facón Grande. Eran todos gallegos en general, polacos y alemanes también. Y el que representa al criollo es Facón Grande, que viene de Entre Ríos y no era obrero, tenía seis carros que traían la lana de la cordillera. Pero era muy querido y los obreros lo consultaban. Cuando se inicia la huelga, él se pone al frente. Y tiene cosas hermosas, en las respuestas al teniente coronel Varela, que una de las primeras cosas que hace es fusilarlo. Cerca de donde cayó, hay un monumento en su memoria que levantó el sindicato de obreros rurales y estibadores. Representa la nobleza gaucha. Cuando hablaba no tenía mucha ideología anarquista y se pone del lado de los obreros porque le parecía justo el reclamo. También era más grande que los demás dirigentes, tenía 41 años cuando lo mataron, en cambio el gallego Soto tenía 23.
Entre todos los personajes del libro, ¿por qué el prólogo toma la figura de Kurt Wilkens para el prólogo?
-Porque era el prototipo del anarquista duro, él espera que se haga justicia y no se hace, entonces habla del derecho de matar al tirano, que ya era cosa de los estoicos griegos y que los anarquistas lo toman a pecho. Lo toma él. Estuve con los dos que lo acompañaron en la preparación de la bomba porque Wilkens no sabía prepararlas. Me contaban que calculó todo y cuando lo quisieron acompañar, les dijo: “No señor, para una persona, una sola persona, ustedes no se metan”. Primero arrojó la bomba porque era el símbolo de la justicia del pueblo y después le pegó seis balazos a Varela. Era de familia adinerada en Alemania pero se vino porque creyó que en la Patagonia se podía construir el paraíso anarquista. Lo que agranda su figura también fue la forma pusilánime como lo mataron. Wilkens estaba durmiendo en su celda cuando lo mató por la espalda uno de los carceleros, Pérez Millán Témperley, que era medio pariente de Varela.
¿Nunca se preguntó la razón de que una corriente que influyó tanto en el movimiento obrero haya quedado tan circunscripta a una época?
-Yo tengo una teoría, pero cuando la digo, me califican de gorila, así que dejémoslo ahí…
Pero ya antes del peronismo el movimiento anarquista venía muy en decadencia.
-El anarquismo empezó a decaer en la década del ‘20 por los anarquistas expropiadores. La gente se asustó. Los anarquistas hacían las huelgas y triunfaban, pero los convenios los firmaban los socialistas porque los anarquistas no trataban con el gobierno. Y los que van aplacando la lucha revolucionaria son los socialistas, más negociadores, y luego los denominados sindicalistas libres que no querían hacer política en el sindicato. Después, con la Guerra Civil española, los mejores anarquistas se van. Finalmente, está el peronismo. Es la nueva clase. Los nuevos obreros industriales ya no venían de Europa, sino del interior.
Pero en los grupos sindicales del peronismo combativo, sobre todo en la época de la resistencia, siempre hubo un sector que recogió el legado de los anarquistas…
-Con sus excepciones, el peronismo es otra forma de ser, otra forma de acumular poder…
¿Cuál le parece que es el legado más importante que dejaron los anarquistas?
-He investigado libros de las sociedades de oficios varios de la provincia de Buenos Aires y hay actas impresionantes. Un día anuncian que llamarán a los 200 anotados a asamblea general para discutir los nuevos jornales de la cosecha. Al día siguiente dicen que se reunieron 198 y se vuelve a convocar a los compañeros hasta que estén todos. Claro, en el medio llegaba la policía. Tan distinto de los comunistas, donde decidíandos, o uno. La democracia de base, del socialismo libertario tiene una nobleza increíble, pero chocaba con las cosas prácticas de la vida. No quiero decir que hay que ser oportunista. Los comunistas eran muy oportunistas “por razones tácticas” y combatieron mucho a los anarquistas, sobre todo después de la revolución rusa. Los anarquistas habían participado en la revolución, pero después Trotski los liquidó en Kronstadt por orden de Lenin. Acá se produjo también esa división. Yo diría que el principal legado es la conducta, el sentido de lucha y el antiautoritarismo.

publicado en Pagina/12, suplemento “radar libros”

Anuncios

Una respuesta

  1. quisiera si me pudieran decir a quien se refiere osvaldo bayer en su libro la patagonia rebelde humillados y ofendidos (tomo 3) cuando menciona las hienas y los cuervos en el capitulo 10 y 11

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: