Ser Robert Capa

AGUSTÍ Carbonell

Ahora estoy desenfocado. Pero cuando no lo estaba, a los 17 años, quería ser Robert Capa.
En el estudio de mi querido amigo Albert Guspi, que me enseñó muchas cosas de la vida y de la fotografía –hace años que está en el cielo, espero que desde allí nos pueda ver mejor–, nos reuníamos varios compañeros que actualmente somos fotógrafos.

 

Allí vi por primera vez un libro de un tal Robert Capa, de un amigo de Guspi que venía de Nueva York, sobre la guerra civil española. Jamás había visto una cosa igual. Más tarde descubrí al Capa catalán, Agustí Centelles. Pero a partir de entonces mis amigos y yo quisimos ser Robert Capa.
Como no quería estudiar, le dije a mi padre que quería ser fotógrafo. Él era aficionado y, como persona liberal, no dijo nada pero seguro que no lo vio claro. A lo que iba. Le pedí las Leica que tenía y el señor Serra, de la casa Arpi, me las cambió por Nikon, que es lo que se llevaba. Eran réflex. Fui un gilipollas.
Intenté ser Capa. No lo conseguí, pero sí vivo de la fotografía y me pagan por ello. Al cabo de muchos años me compré las Leica que cambié y cuando las llevo colgadas en el cuello me acuerdo de mis amigos, que soñamos ser Robert Capa.

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