28/1/2008 Edición Impresa UN TESORO DESVELADO|TRIBUNA // PACO ELVIRA

El cierre del círculo

Capa tenía la convicción de que, a la larga, un fotógrafo no era nadie si no era el dueño de sus negativos

PACO Elvira
FOTÓGRAFO Y PROFESOR 

El descubrimiento de los miles de negativos, que ya se daban por perdidos, de Robert Capa, vuelve a colocar en primera línea la figura de uno de los fotógrafos más emblemáticos de la historia.
Todo comenzó en un frío día del enero parisino de 1934 en el café Dome. Tres hombres se reúnen para hablar de un proyecto, de una agencia de fotógrafos que cambiará la visión del mundo a través de sus imágenes. Son el francés Henri Cartier Bresson y dos emigrantes judíos de Europa del Este: el polaco David Seymour, Chim, y el húngaro André Friedman. En abril de 1947, en el restaurante del MOMA de Nueva York, el proyecto se consolida y nace la agencia Magnum. André Friedman ha cambiado su nombre por el de Robert Capa y sus fotos de la guerra civil española y de la segunda guerra mundial le han convertido en el fotógrafo de guerra más famoso del mundo.
Las personalidades de los tres fotógrafos se complementan a la perfección. La sensibilidad de Chim, la disciplina zen de Cartier Bresson y su teoría del momento decisivo para lograr la imagen perfecta y el carisma del extrovertido Capa. Capa significa espada en húngaro y al fotógrafo también le gusta su significado en castellano.
No tiene sentido ahondar en la conocida relación de Capa con Ingrid Bergman, ni en su famosa frase: “Si tu foto no es bastante buena, es que no estabas lo suficientemente cerca”. Aunque él se refería tanto a la distancia física como a la proximidad emocional y de complicidad con los personajes retratados.
La valentía de Robert Capa no era fruto de la inconsciencia, y en su relato del desembarco de Normandía, con las primeras oleadas de soldados aliados que pusieron pie en la playa de Omaha, el héroe toma una dimensión real, como relata en su biografía: “Había acabado el rollo y la cámara vacía temblaba en mis manos. Era una nueva clase de miedo que sacudía mi cuerpo de pies a cabeza. Saqué la pala reglamentaria e intenté cavar un hoyo donde refugiarme, pero chocó con piedra bajo la arena. Los hombres a mi alrededor permanecían inmóviles. Solo los muertos, junto a la orilla, se movían al vaivén de las olas-”
Capa, como director de Magnum, ejercía una tutela paternal hacia los jóvenes fotógrafos recién incorporados. En el caso de Marc Riboud, un francés de Lyón que se convertiría en uno de los grandes fotógrafos de la agencia, decretó: “Es muy tímido con las mujeres y no habla inglés. Lo mandaré a Londres una temporada para que aprenda inglés y ligue”. Proyecto fallido, porque Riboud declaró: “Ni ligué, ni aprendí inglés”.
Tal vez la descripción más exacta de Capa la tenemos en la pluma del escritor William Saroyan, el premio Pullitzer con el que trabajó a menudo: “Era un jugador de póquer que además hacía fotos”. Pero el legado más importante de Robert Capa, además de sus fotos, fue su profunda convicción de que, a la larga, un fotógrafo no era nadie si no era el dueño de sus negativos. Al fundar la agencia Magnum bajo esta premisa, Capa se convirtió en el inventor del copyright. Y el destino ha querido cerrar el círculo y devolver a Capa, 53 años después de su muerte, sus negativos más preciados.

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