Manel Jordà : “Por dentro, el avión parecía un huevo”
• Manel Jordà apenas contaba 6 años y era el niño más pequeño de los que jugaban en el fuselaje
GEMMA TRAMULLAS
BARCELONA

Un suéter azul. Sesenta y nueve años después, Manel Jordà recuerda que el día que se subió al bombardero de los Jardinets de Gràcia llevaba un suéter azul. “Soy el más pequeño de la foto, el que está de espaldas junto a la cabina –explica mientras sostiene la imagen de Robert Capa–. Mi padre, el hombre bajito con boina, me estaba mirando desde abajo y temía que resbalara: ‘¡Cuidado! ¡cuidado!’, me decía. Por dentro, me sorprendió que el avión fuera redondo. Parecía un huevo”.


Su madre y su tía se habían quedado despachando género en la parada familiar del mercado de la Llibertat y él se fue con su padre a ver el avión del que todo el mundo hablaba. La historia la contaría años después a sus tres hijos y fue uno de ellos quien advirtió que la fotografía que publicó EL PERIÓDICO el martes correspondía a ese relato tantas veces escuchado. Animado por su Amparo, su mujer, Manel Jordà se avino a recordar, una vez más, ese día.
Con 5 o 6 años, muy pocas escenas se quedan grabadas en la memoria. Si acaso las más sorprendentes, o las más dolorosas. Con algunos años más, los recuerdos son más númerosos y nítidos, pero no lo suficiente para que Antonio Martínez (Barcelona, 1927) termine de reconocerse en la misma fotografía en la que aparece Jordà. “Toda mi familia insiste en que el chico que está mirando a cámara, peinado hacia atrás, soy yo. Pero yo no pondría la mano en el fuego”.
Sí recuerda perfectamente el avión, porque con su pandilla lo fue a ver “tres o cuatro veces”. “Nos subimos a las alas –explica–. En aquella época los niños trepábamos por todas partes. En el tranvía, nos colgábamos del estribo y, para bajar, estirábamos del troller, que se separaba de la catenaria, y el tranvía se paraba”.
Antonio Martínez vivía frente al mercado de Galvany, a pocas calles de los Jardinets, desde hacía poco tiempo. Su familia se había mudado a Gràcia desde Santa Caterina, una zona que su padre consideraba muy poco segura. También recuerda que 7 algarrobas valían una peseta y que 30 avellanas costaban lo mismo. Cuando tenían hambre, las pandillas se iban hacia el Turó Parc y se liaban a piedras contra las palmeras datileras, aunque la cosa no terminaba en un dulce festín, sino en un bombardeo de proyectiles entre los chicos. “Yo, la guerra, la viví de lejos”, dice.
Muchas de las personas que han revivido su infancia en la Barcelona resistente con el hallazgo de las fotografías de Capa tienen un recuerdo más aventurero que dramático. Vivieron la guerra con ojos de niño y eso les salvó.

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