Radar|Domingo, 14 de Septiembre de 2003

La oveja negra

La semana pasada murió Leni Riefenstahl, la “Directora del Diablo”. Tenía 101 años, dos pasiones absorbentes -el buceo y la fotografía- y el prestigio atroz, intolerable, de haber puesto su talento de cineasta al servicio de Adolf Hitler. El periodista David Jenkins, uno de los últimos en entrevistarla, repasó con ella los pormenores de un pasado tan colosal como imperdonable.

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Arriba: L.R. compaginando los 400 kilómetros de celuloide de Olympia.
Abajo: Hitler presenciando las Olimpíadas de 1936, filmado por L.R.

POR DAVID JENKINS

En febrero de este año, Leni Riefenstahl estuvo en Sudán, donde sufrió un accidente de helicóptero que le ocasionó la rotura de varias costillas y daños en un pulmón. En agosto, sin embargo, partió rumbo a las Maldivas, donde realizó la última de sus más de dos mil inmersiones en las profundidades del mar. En septiembre estaba de regreso en Alemania, donde se sometió a una operación de espalda. Estuvo internada en el hospital apenas tres días. Hoy, dos semanas después, Riefenstahl está de vuelta en su casa cerca del lago Starnberg, al sudoeste de Munich, tomando analgésicos y ocupada en organizar su inminente website. Y ahora está sentada ante mí en un sofá de cuero color mostaza, diciendo que no, que Adolf Hitler no le parecía sexualmente atractivo.
“Al contrario: he visto fotografías de él de antes de conocerlo y era muy feo. En la vida real, sin embargo, causaba una impresión completamente distinta: tranquilo, pensativo, nada que ver con el fanático en el que se convirtió después. Era un hombre simple, común, y nunca estuve enamorada de él ni nada parecido.” (“Si hubiera sido algo sexy -dijo Riefenstahl alguna vez-, habríamos sido amantes, naturalmente. Si hubiera sido algo sexy, Eva Braun no habría existido.”) A la luz de Las cinco vidas de Leni, el libro de fotos que acaba de aparecer sobre ella, el tema parece inevitable.
Cuatro de esas vidas, dice, la hicieron feliz. Su época de bailarina -vocación que siguió contra la voluntad de su despótico padre, un acomodado hombre de negocios berlinés-, que entre los 21 y los 24 años le deparó un éxito loco en Europa central; su época de montañesa, entre 1926 y 1933, que la consagró como la estrella más atrevida de varios exitosísimos films alemanes; su época de fotógrafa, desde principios de los sesenta hasta 1977, cuando vivió entre los pueblos nubios de Sudán y fotografió su sobrecogedora belleza; su época de buceadora, un mundo al que accedió en 1974, cuando, fingiendo tener sólo 52 años, tomó sus primeras lecciones de buceo. (Ahora, en las salas de edición que tiene en el sótano de su casa, Riefenstahl está ocupada editando las casi 75 horas de filmaciones submarinas que hizo con su compañero Horst Kettner, de 56 años.) Pero la que le proporcionó más alabanzas, infamia y notoriedad fue su quinta vida: su vida como cineasta y amiga de Adolf Hitler.
Porque Riefenstahl es para muchos la Directora del Diablo, un apodo derivado del hecho de que entre sus cinco películas concluidas figura una de las piezas cinematográficas más denostadas y brillantes jamás hechas: El triunfo de la voluntad, una evocación de la reunión del Partido Nazi en Nuremberg, en 1934. Para sus críticos, el film glorifica a los nazis y representa la más perniciosa propaganda; para sus defensores, tiene fuerza, majestuosidad y una gran inventiva técnica. ¿Está orgullosa Riefenstahl de la película?
“No, me hace infeliz. Esa película alteró mi vida. Cuando la vieron los Tribunales de Desnazificación, todos dijeron: ‘No, ésta no es una película de propaganda. Es un film de arte’. Y al partido tampoco le gustó demasiado. La gente decía: ‘¿Por qué no aparezco yo? ¿Por qué no aparecen las mujeres?’. A Hitler le gustó porque lo veía como un film de arte, como Goebbels. Pero el partido no quedó contento.”
¿A Goebbels le gustó… como película?
-Seguro. Antes de que los nazis llegaran al poder, Goebbels estaba loco por mí. Me quería a toda costa. Incluso quería divorciarse y casarse conmigo. Pero después de que lo rechacé, decidió odiarme. La razón principal era el aprecio que Hitler me tenía. Estaba celoso. Hitler siempre me defendió contra Goebbels. Fue Hitler el que decidió, después de Olympia (la crónica de Riefenstahl de los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, estrenada el día del cumpleaños de Hitler, el 20 de abril de 1938), que yo dejara de estar bajo el mando de Goebbels y me pusiera bajo el de Rudolph Hess. Pero Goebbels era un hombre inteligente, y se dio cuenta de que El triunfo de la voluntad era un buen film. Riefenstahl es simpática, atractiva y suavemente seductora. Tiene los ojos muy pintados, rouge en los labios y las uñas esmaltadas. Lleva el pelo blanco peinado con cierta elegancia, un collar de oro y una pulsera en la muñeca derecha. Hoy, a causa de la operación, lleva pantalones, tacos bajos y medias dobles. Pero hace un par de meses fue retratada por Helmut Newton, el fotógrafo de origen alemán especializado en sexo y poder, para quien se puso un conjunto negro que revelaba un par de piernas tan espectaculares hoy como en su época de estrella de cine, cuando Riefenstahl era igual de atractiva que Marlene Dietrich. Josef von Sternberg, el director que convirtió a Dietrich en una estrella internacional, quería llevarse a Riefenstahl con él a Hollywood. Pero ella no quiso; desde entonces, dice, no ha hecho más que arrepentirse. Le hicieron la oferta en 1929: de haber aceptado, habría escapado a la órbita de Hitler.
Para graficar el carisma de Hitler, sin embargo, Riefenstahl cuenta que “Von Sternberg estaba allí el año en que Hitler llegó al poder, en enero. Yo no: estaba en Groenlandia filmando SOS Iceberg, y Von Sternberg me contó más tarde que él también había tenido la impresión de que Hitler era un genio”. Se ríe y continúa: “Von Sternberg me dijo: ‘¡Lástima que soy judío!’. Pero no quiero contar eso: la gente detesta que lo cuente”.
Ésa es, por supuesto, la gran cruz del caso Riefenstahl. “Yo no era comunista, no era nazi”, insiste. “Era una artista. No era nada, no tenía partido.” Dice que estaba desesperada por no hacer El triunfo de la voluntad. “Le decía a Hitler: ‘No, no, no, no’. Y él me decía: ‘Por favor, Leni, una película, una sola película sobre la reunión de Nuremberg’. Y yo le dije: ‘No’. Y él me dijo: ‘Por favor, dame seis días de tu vida’. Y los periodistas y la gente dicen que hice la película porque soy ambiciosa. Porque quería colaborar. Fue al revés.”
Pero Leni era ambiciosa. Luchó y venció a su padre para ser bailarina. Y para convertirse en estrella de cine, persiguió y conquistó al doctor Arnold Franck, el hombre que la incorporó a sus films de montaña. Y al asistir por primera vez a una reunión nazi en el Palacio de los Deportes de Berlín, en febrero de 1932, Hitler la deslumbró tanto que le escribió una carta y en respuesta, como la gran estrella que era, la invitaron a conocerlo. En ese primer encuentro, Hitler le dijo: “Cuando lleguemos al poder, tú harás mis películas”. Ella le comunicó el desagrado que le inspiraba su política racial. “Y él me interrumpió, me miró, me rodeó suavemente con sus brazos y me atrajo hacia sí. Luego lo vi alzar los brazos en actitud suplicante. ‘¿Cómo puedo amar a una mujer antes de haber completado mi trabajo?'” De ahí en adelante, Riefenstahl quedó íntima, irrevocablemente vinculada con Hitler.
Según ella, el problema es que fue demasiado sincera. “Nadie fue sincero después de la guerra. Era como si nunca hubieran estado a favor de Hitler, cuando el noventa por ciento lo estaba. Pero yo fui sincera y lo pagué con los cincuenta años que pasé sin trabajar. Tendría que haber mentido. Fui sincera y lo pagué con mi vida de artista.” Esa sinceridad, con todo, es relativa. Riefenstahl sabe que lo que la condena a los ojos de muchos, por no mencionar sus doce años de intimidad con las más altas jerarquías del nazismo, es El triunfo de la voluntad, una película que convierte al desagradable Hitler en una figura magistral y cuyo retrato majestuoso de los disciplinados soldados del partido evoca pompas de fuerza y de orden.
Por entonces, Riefenstahl ya había dirigido The Blue Light (La luz azul, 1932), un cuento de hadas místico en el que también actuó y que transcurre en las montañas. La película ganó premios, mereció un telegrama de felicitación de Douglas Fairbanks y tuvo buena repercusión de taquilla, pero ella dice que sólo la dirigió porque no tenía dinero para contratar a un director. “Nunca quise volver a dirigir. ¡Nunca!”, dice. Es difícil creerle. Una ojeada al guión de rodaje de The Blue Light revela a una mujer obsesionada por los diferentes usos de la luz y las cámaras. Y el documental La bella y horrible vida de Leni Riefenstahl, de 1993, lamuestra a los 90 años ensimismada en su mesa de montaje, dando cátedra a partir de los inventivos movimientos de cámara y las extrañas tomas con grúas de El triunfo de la voluntad.
Después de aquella reunión en Berlín, Riefenstahl reconoció en Hitler no sólo a un hombre capaz -como mucha gente creía- de implementar un programa social que acabara con los seis millones de desocupados, los veteranos mendigando en la calle y los “muchos, muchos suicidios”, sino también a un hombre con carisma, que “embrujaba a la gente”. Y Hitler también reconoció algo en Leni. Era un gran admirador de The Blue Light; admiraba el hecho de que “yo, una mujer, me abriera camino entre hombres y tuviera éxito a pesar de ellos”. Hitler vio la posibilidad de protagonizar una gran película; no un film de propaganda cualquiera sino uno que encerrara una forma más elevada de propaganda: una película realmente artística. Y Leni la hizo. Ella alega que no volvió a hacer películas para Hitler. Olympia, dice con razón, fue un encargo que le hizo el Comité Olímpico Internacional. Y Hitler no quería que lo hiciera: “No tenía ganas de ver a (Jesse) Owens (el gran atleta norteamericano de color, campeón de sprint y de salto en largo) y los atletas negros”.
Pero Hitler asistió todos los días a los juegos y Goebbels colaboró con entusiasmo y financió la película. Riefenstahl, que libró batallas titánicas para rodar el film como quería, produjo una obra de vertiginosa belleza. Lo que le mereció muchas críticas; se argumentaba que la heroicidad de los atletas y la magnificencia de sus cuerpos testimoniaban el ideal nazi de acceso a la Fuerza a través de la Belleza: “No fui yo quien hizo bellos a los atletas -dice-. Fue Dios”.
Uno de los atletas -Glenn Morris, el campeón norteamericano de decatlón- también quedó impactado por la belleza de Leni; bajó del podio triunfal, “me tomó en sus brazos, me abrió la blusa y besó mis pechos allí, en medio del estadio”. (Leni dice que no fue “afortunada en el amor”. Muchos de sus novios la trataban mal; su marido, Peter Jacob, un militar de carrera con el que se casó en 1944, “no podía mirar a otra mujer sin acostarse con ella. Era demasiado. ¡Demasiado!”).
La cobertura de los Juegos de Sydney parece insignificante al lado de la magnificencia de El triunfo de la voluntad, un film elaborado con los 400 kilómetros de celuloide que Leni filmó con sus 45 operadores de cámara. El film no presta la menor atención a las teorías raciales de los nazis: ahí está Owens, tan heroico como cualquiera, como están también otros atletas norteamericanos negros. El japonés que ganó el maratón y el equipo hindú de hockey reciben el mismo tratamiento reverencial que cualquier ario. Según Riefenstahl, Goebbels le pidió que no mostrara demasiado a los “negros de mierda”, como los llamaba. Ella asumió “la responsabilidad de ignorar su orden”, y también se negó a despedir a su jefe de prensa por estar casado con una mujer “no aria”.
Pero, pero, pero… Leni estaba en el negocio del espectáculo. Y en el espectáculo -entonces como ahora- había muchos judíos que eran figuras. Muchos eran sus amigos. Algunos huyeron del país temprano, en 1933, después de la quema de libros de Königsplatz, en Munich. ¿Por qué no partió Leni también? “Hoy nadie puede hacerse una idea de lo que sucedió en el ‘33 y el ‘34”, dice. Muy poca gente -tal vez el uno o el dos por ciento- sospechaba que Hitler era realmente peligroso. Y Riefenstahl dice que en los primeros tiempos Hitler “nunca hablaba en sus discursos sobre el pueblo judío. Porque sabía que hay gente, mucha, mucha gente, que no es antisemita, ¿ja? Pero ocurrió, y somos culpables, porque sabíamos que después del ‘35 estaba prohibido comprar cosas en las tiendas judías”. Sin embargo, en 1938, Riefenstahl eligió volver de los Estados Unidos, donde estaba de visita, cuando se produjo la Kristallnacht, la infame noche de violencia y crimen contra los judíos.
Después de la guerra, Riefenstahl luchó en los tribunales 17 años para salvar su reputación. Todos los proyectos cinematográficos que intentó emprender fracasaron uno tras otro, muy a menudo porque su nombre erademasiado problemático. Tuvo sus consuelos: Jean Cocteau le brindó su amistad, Vittorio De Sica se entusiasmó con sus proyectos. Algunos amigos judíos escribieron testimonios en su favor. Pero su talento terminó ahogado. Entonces, en 1956, se fue a Africa inspirada por Las verdes colinas de Africa, el libro de Ernest Hemingway. Varias veces intentó hacer películas allí, todas abortadas, y casi se mata en un accidente a bordo de un Land-Rover. En 1962 vio una foto de un espléndido hombre de color tomada por el fotógrafo inglés George Rodger: el epígrafe decía “El nubio de Kordofan”. Leni había encontrado su tema y su salvación financiera.
Las fotos que les sacó a los nubios son hermosas. Para obtenerlas, emprendió expediciones agotadoras y vivió en condiciones difíciles, pero en 1967 vendió su primera serie a la revista del Sunday Times, que, luego, le encargaría fotografiar las Olimpíadas de Munich de 1972, y a Mick y Bianca Jagger (Mick era un gran fan de las películas de Riefenstahl: le contó que había visto algunas “unas quince veces”). Las fotos llevaron a los libros -El último de los nubios, de 1974, y La gente de Kau, de 1978- y los libros a la seguridad económica, pero también a la controversia. Susan Sontag los consideró el tercer panel de un tríptico fascista que incluía, además, El triunfo de la voluntad y Olympia. Lo cierto es que Riefenstahl fotografió a muchachas y a jóvenes bellos: los más viejos, dice, se quedaban adentro, en sus chozas, y eran infotografiables. Pero si no conociéramos a la fotógrafa pensaríamos que son muy buenas fotos del National Geographic. Fotos etno-porno, si estamos de ánimo censor; fotos fabulosas de cuerpos fabulosos, según una mirada más juiciosa. Fue mientras preparaba su expedición a Sudán, en 1968, cuando encontró a Horst Kettner, que tenía entonces 24 años y era un hombre apuesto, criado en Checoslovaquia. Hicieron buenas migas. Desde entonces él ha estado siempre a su lado.
¿Qué la enorgullece más de su larga vida?
-El durísimo trabajo que hice con las Olimpíadas. La filmación, el montaje: un año y medio en la sala de compaginación. Haber sido capaz, durante ese tiempo, de entrenar a gente joven. Era más una familia que un trabajo.
¿Y qué la hace infeliz?
-Las mentiras. Se escribieron y difundieron cosas muy desagradables. Cosas terribles.
¿De qué se avergüenza?
-Estoy avergonzada, más que avergonzada de no haberme dado cuenta, cuando empezó la época de Hitler, del rumbo que tomaban las cosas. Nunca me di cuenta de que se llevaban gente y abusaban de los judíos. Nunca tuve esa experiencia. Nunca vi nada que tuviera que ver con un campo de concentración. Nadie me cree, pero me avergüenza no haberme dado cuenta en ese momento. Es incomprensible que no me diera cuenta.
Y después de decir eso, se aleja para maquillarse, se arregla el pelo para las fotos y frunce la boca para que le agreguen un poco de lápiz labial y me sonríe con coquetería. Me toma una mano y, con la cara cansada, me dice: “Escribirá lo correcto, ¿ja?”. Y luego hace un gesto de despedida y se aleja, y eso que veo alejarse es la silueta de una viejita muy pequeña con un pasado colosal, imperdonable.

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