FRED STEIN Gerda Taro and Robert Capa Paris 1935

FRED STEIN Gerda Taro and Robert Capa Paris 1935Cargado originalmente por Rosario misteriosa

Gerda Taro la otra cara de Robert Capa
Gerda Taro, la otra cara de Robert Capa: las mujeres fuera de lugar, el acento masculino donde importa

La fotógrafa Gerda Taro (1910-1937) raramente aparece en los libros de fotoperiodismo. Una mujer olvidada, una historia repetida: si aparece su nombre en algún tratado es por haber sido la pareja de otro gran fotógrafo al que en realidad inventó, Robert Capa.

 

 Sin embargo, su historia y su trabajo revelan a una mujer comprometida para quien sus convicciones políticas y su labor artística eran las dos caras de la misma moneda. No dudó en viajar a España en el 36 para documentar la causa republicana y se ganó el respeto de los soldados y fotógrafos en el frente, así como de los escritores e intelectuales españoles que compartieron con ella sus últimos momentos. “Cuando piensas en toda esa gente que conocimos y ha muerto en esa ofensiva, -Guerra Civil española- tienes el sentimiento de que estar vivo es algo desleal” (Gerda Taro, unos días antes de morir). En leer más un pequeño y merecido homenaje para traerla del olvido. En la imagen Gerda Taro, una fotografía de Fred Stein.

Historia de un olvido

Gerda Taro, cuyo nombre era Gerta Pohorylle, nació el 1 de agosto 1910 en Stuttgart (Alemania), en el seno de una familia judía en un ambiente altamente burgués.

Gerda se sentía diferente desde un principio: su energía vital, su belleza física y su autoestima inquebrantable, hacían de ella el blanco natural para el chisme envidioso de sus compañeras.

A los diecisiete años, estudia en un internado suizo y todo apunta a que se casará con un industrial inglés, para vivir una vida de enfant terrible, dentro de la alta sociedad. Entonces se produce un cambio en su vida mucho más importante de lo que inicialmente parece: su padre tiene que huir de Stuttgart por una cuestión de deudas acumuladas. La familia se traslada a Leipzig, una ciudad mucho menos burguesa que Stuttgart.

Los locos años veinte están a punto de acabarse y nacen los treinta, década de los grandes movimientos políticos radicales. Gerta conoce a Georg Kuritzkes, hijo de Dinah Gelbke, revolucionaria, comunista y conocida de Lenin.

Gerda descubre aquí su verdadero mundo: de la muñequita bonita, sale la mujer política, de convicciones muy fuertes contra el fascismo, contra la dictadura, contra un mundo inhumano. Nace también la Gerda que se enfrenta a los tópicos como a ella le place. (”Me doy cuenta que una puede estar perfectamente enamorada de dos hombres.¡ Que se vayan al diablo ! Si me comiera el coco sería muy tonta”, escribe a una amiga).

El 30 de enero 1933, Hitler es proclamado canciller del Reich. Su actividad política la lleva, rápidamente, a un enfrentamiento con este régimen. Gerda decide huir con una amiga a París después de haber sido detenida y puesta en libertad.

En esta capital de exiliados, tiene lugar el segundo cambio en el camino hacia el desenlace trágico de su vida: en septiembre 1934, conoce a un joven húngaro, delgado, de cabello y ojos negros y de aspecto muy pobre. Andre Friedmann tenía tan poco dinero como la gran mayoría de los exiliados. El intenso enamoramiento entre Gerda y él no evita esa escasez, aunque seguramente alivia el hambre que pasan.

Él es fotógrafo sin trabajo fijo y ella encuentra trabajo en la agencia Alliance Photo de María Eisner (que será más tarde una de las cabezas de Magnum Photo). Pero su situación sigue siendo más que precaria.

Para conseguir el permiso de residencia, Gerda se hace aprendiz de Andre, primero en el laboratorio, después con la cámara. Como el dinero no sobra, hacen pruebas a secas ( sin carrete ). Su meta es muy clara: a los periodistas se les concedía automáticamente un permiso de trabajo y en consecuencia el permiso de residencia. Con la venta de algunas fotos consigue evitar el peligro horripilante de la extradición a la Alemania nazi. Sin embargo, su trabajo no sale adelante.

Entonces, una noche Gerda propone a Andre la creación de un personaje fantástico: el famoso fotógrafo norteamericano Robert Capa. Éste, según su fraudulenta historia, ha venido a Europa a trabajar, es demasiado famoso para quedar con nadie y vende sus fotos a través de sus representantes: Friedmann y Pohorylle, al triple del precio que un fotógrafo francés.

El truco funcionó a la perfección y el tándem comenzó a vender las fotos, hechas indistintamente por Friedmann o Gerda. Ha nacido el mito, el personaje, Robert Capa.

En el 36 la pareja se trasladó a España para captar todo el horror de la Guerra Civil.
Pasan la frontera por primera vez el 5 de agosto 1936, cuando apenas habían cumplido los 26 (Gerda) y los 23 años (Andre).
Armados con una Leica (usada sobre todo por Capa) y una Rolleiflex (en manos de Gerda), sacan las primeras fotos en una Barcelona hirviente y segura de la victoria.

Sus primeras fotos ya muestran lo parecido de su estilo, centrado en la experiencia humana de la guerra. Al margen de toda convicción política, más fuerte en Gerda que en Robert, ambos centran su interés en la gente sometida a las diversas situaciones de la guerra.

Viajan a Córdoba, donde Capa consigue capturar el momento de la muerte del miliciano en el cerro Muriano.
Esta foto le hace famoso casi instantáneamente (¿Quién fue realmente el que realizó la conocida fotografía? En las escasas referencias y biografías de nuestra fotógrafa, se plantea la seria duda de que fuese Andre el autor de la instantánea y de que puediera haber sido la propia Gerda la que plasmó el instante que dio la vuelta al mundo).

De repente el público tuvo acceso a imágenes de guerra que nada tenían que ver con las de antes, las de las poses heroicas, las de las revistas imperiales en la retaguardia.

La famosa foto – como tantas otras –, sale bajo la marca “Capa”, utilizada en estos momentos como marca única por los dos.
Luego la cambiarían por “Capa & Taro” y más tarde todavía salió la marca propia de Gerda: “Photo Taro”.

Junto con este desarrollo, va su intento de salir de la sombra de su, cada vez más, famoso novio. A nivel personal esto le resulta fácil gracias, a su energía y a sus dotes sociales, pero a nivel profesional, no consigue un avance serio. De vez en cuando le sale alguna publicación de envergadura, pero comparado con su meta, su balance es nefasto. Ella espera la gran oportunidad, pero ésta no parece buscarla a ella.
La alondra de Brunete

El cambio se produce casi un año más tarde en Madrid, cuando su relación con Capa se había enfriado algo.

En uno de los viajes a España, Gerda conoce en Madrid a Ted Allan, comisario político de la unidad médica de Dr. Bethune, famoso por sus inventos en el campo de la tan necesaria conservación de la sangre. Ted se enamora locamente de Gerda y a ella le agrada la admiración del seis años más joven aspirante a escritor.

Gerda había seguido el II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura en Valencia y en Madrid. Mientras los escritores visitan la ciudad, los republicanos toman Brunete consiguiendo romper la tenaza rebelde que amenazaba la capital.
Gerda hace las primeras fotos de la victoria y Regards las publica: el reportaje de más importancia de Gerda Taro.

A pesar de su supuesto romance con Allan (supuesto más que nada por el propio Allan), hace planes con Capa: aunque ella rechaza su propuesta de matrimonio, acepta otra: un viaje a la China, para fotografiar el avance de Mao Zedong.

Cuando Regards publica el día 22 de julio de 1937 su reportaje sobre Brunete, ella vuelve a su definitiva estancia en Madrid.
Aquí Gerda es admirada por su valor y sus fotos. Ya no es sólo la novia de Capa, sino que de repente cuenta para los fanfarrones del restaurante Gran Vía, punto de encuentro de los corresponsales extranjeros y escenario sobre todo para el escritor Ernest Hemingway.

Parece estar en el momento clave de su carrera.

Sólo tres días después de haber publicado en primera página su foto famosa de la victoria de Brunete, los nacionales intentan retomar el pueblo. Un domingo por la mañana, ella llama a Ted Allan para que le acompañe clandestinamente al frente. Una vez llegados, el comandante de la tropa, general Walter, un polaco en los servicios de las Brigadas Internacionales, les manda volver de inmediato a Madrid.
Toda presencia de personas ajenas al ejército estaba estrictamente prohibida. Especialmente si era mujer.

Allan tiene muchas ganas de obedecer al general y sus órdenes, pero Gerda pasa de ellas.Busca un hoyo, demasiado poco profundo para los dos, donde esconderse. Poco después la aviación alemana e italiana empiezan un ataque feroz. Gerda desde su hoyo saca foto tras foto de los ataques y grita a Ted Allen, muerto de miedo, que este sí era material para el Comité de No Intervención. Allan no podía entender que ella siguiera haciendo fotos en tal infierno. Lo que no entendió es que ella, inmersa en su trabajo, veía los acontecimientos a través del objetivo de su cámara y en la inconsciencia de que en esos momentos la muerte no existe.

Cuando cesaron los ataques aéreos, sus películas estaban probablemente llenas del mejor material que pueda esperarse.

Se echaron a andar hacia Vilanueva de la Cañada, donde les recogió el coche del general Walter, ahora utilizado para transportar heridos a un hospital cercano. Les dejaron subirse al estribo del coche, desde donde pudieron apreciar los muchos heridos y muertos tendidos junto a la carretera. De repente, justo antes de Valdemorrillo, aparecieron aviones en vuelo a baja altura, sembrando el terror entre la tropa. Un tanque republicano se descontroló, rozó el coche negro e hizo caer a Gerda. Con sus cadenas aplastó el cuerpo de la fotógrafa por debajo de su cintura
Acabó muriendo, después de una noche de agonía, hacia las 5 de la madrugada del 26 de julio de 1937.
Tenía 27 años.

No se sabe si el telegrama que ella misma había mandado enviar desde el hospital llegó a Capa.
Sí se sabe que conoció la noticia al día siguiente, leyendo un diario en el dentista.

Trasladaron el joven cuerpo a París, donde aún yace.
Su fama se perdió junto con sus fotografías.

Capa publicó, poco después de su muerte, un libro llamado “Death in the making” dedicado a Gerda Taro.
En él incluye entre las suyas muchas fotos de ella, pero sin especificar cuales son de quien.

En febrero del 1938 se organizó en Nueva York una de las pocas exposiciones con fotografías de Gerda Taro.
En el texto adjunto a la exposición se explica que Robert Capa es un fotógrafo de guerra de fama mundial, que Gerda era su mujer, y una fotógrafa muerta en España.
Que sus imágenes se exponían al lado de los de Capa, esto ya no explicaban.

Tomado de:
Nil Tharby “La muerte de una fotógrafa”
Diana Sanchidrián “Gerda Taro, la compañera de Robert Capa. 70 años en el olvido”

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