Un argentino en África

 

  Francisco Morón es un pediatra argentino que trabaja en Médicos Sin Fronteras, una organización humanitaria internacional que colabora con poblaciones en situación de emergencia. Desde que forma parte de la organización, Francisco estuvo en lugares como Liberia, Tanzania y el Sur de Sudán, trabajando la mayoría de las veces, en proyectos sobre VIH/sida. Hoy se encuentra en Swaziland, el país del mundo con mayor cantidad de personas que viven con VIH, pero esta vez como coordinador médico.


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La primera misión de Francisco fue en Kenia. A diferencia de su experiencia durante su residencia en pediatría en el Hospital Materno Infantil de San Isidro, se encontró con un país donde el 9% de su población tiene VIH, donde el acceso al tratamiento es casi imposible y donde mucha gente muere a causa del sida. En variadas ocasiones se sintió superado frente una realidad que no era la misma que había leído en informes y revistas, que superaba los límites de su imaginación. Sin embargo, Francisco cumplió su misión en Kenia y quiso volver a integrar la organización.

Al cabo de un año, fue invitado por MSF a participar de otros proyectos. Y después de tantos viajes, asegura que lo que le resulta más difícil es el último mes de misión, porque ya no ve la hora de volver a su casa y de estar con su familia. Más aún cuando es derivado a lugares inhóspitos: “recuerdo que cuando fui a Tanzania, veía que el auto en que viajaba andaba y andaba. Cuando terminó la ruta, se metió en un camino de tierra y me di cuenta de que no tenía intenciones de parar. Entonces le dije al conductor, ya un poco asustado: No me vas a llevar tan lejos tampoco, ¿no?. Y después de haber recorrido por tres horas ese camino de tierra, al fin me dijeron acá te quedás. Miré a mi alrededor y me encontré con un lugar completamente aislado. Estaba a dos días de viaje de la capital de Tanzania, y por ende, cero vida social”.
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El médico atendía alrededor de 50 pacientes por día cuando estaba en Kenia. Asegura que aprendió la cercanía de la muerte y que conoció tantos casos de VIH que cree que no los hubiera visto en la Argentina ni en 15 años. “El concepto de muerte que tienen en esos pueblos es completamente diferente al que tenemos nosotros. Ellos lo ven como un proceso natural, quizás hasta en extremo porque, según nuestro punto de vista, dejan que la gente se muera”, afirma. Pero asegura que a la vez, ellos no dejan de ser sensibles a la muerte. Un entierro conlleva casi la misma preparación que un casamiento. De hecho pueden mantener el cuerpo por una semana, hasta que se reune toda la familia para velarlo durante 24 horas. “Cuando fallece alguien, los pacientes son capaces de pedirte una semana de vacaciones. Entonces siempre cuando faltaba alguien a la consulta, la justificación más común era: Se le murió el primo, el tío, el abuelo”, recuerda el médico. Por eso dice que siempre tuvo que negociar los días de receso en esas situaciones.

Desde que Francisco se unió a MSF, no tiene un único domicilio. De hecho, hace ya algunos años que su residencia depende del lugar del mundo donde le toque integrar una misión. El sabe que si bien en la Argentina no sobran profesionales de la salud, asegura que en África la necesidad es mucho mayor. Desde ese momento, su vida está en constante movimiento.

A vos, ¿te gustaría integrar una misión así?

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