Clarin: HISTORIA Ocultamiento de lo oscuro

Los países americanos, que recibieron unos doce millones de esclavos originarios de Africa mientras duró la conquista, suelen menospreciar y aun ocultar su herencia negra. Antropólogos e historiadores de México y la Argentina repasan en estas páginas la conflictiva relación pasada y presente con lo afroamericano. Además, un mapa del ingreso de los negros a América y el caso singular de los Estados Unidos.


ALBERTO GONZALEZ TORO . 
agonzaleztoro@clarin.com
Hay que remontarse hasta 1479, antes del “descubrimiento” de América, para encontrar un antecedente del comercio de esclavos africanos en esta parte del mundo. Antes, en el siglo XI, ya los árabes habían conquistado grandes regiones de Africa. Los seguidores del islam, basados en su gran poderío militar y cultural, empezaron a exportar esclavos por la ruta transahariana hacia diversos países europeos. A partir de 1479, el reino de España -por el tratado de Alca»ovas- autorizó la venta de seres humanos en la Península. El centro de la trata eran Sevilla y Cádiz. No es casual que Hernán Cortés haya conquistado México con la ayuda de esclavos africanos, según cuenta a Ñ la antropóloga mexicana, María Elisa Velázquez.Velázquez es especialista en Africanías, una materia de estudio que ya en 1950, con la publicación del libro La población negra en México, del antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, empezó a estudiarse en ese país, que se jacta de su pasado indígena, pero que hasta hoy -dice- niega a sus afrodescendientes.

En 1494, el Tratado de Tordesillas, que trazó una línea divisoria entre España y Portugal para explorar nuevas tierras, impuso límites que impedirían durante los primeros siglos de la colonización americana el “comercio directo” de esclavos desde las costas de Africa. Un simple eufemismo jurídico: Portugal, el primer imperio europeo en conquistar vastas regiones africanas, proveyó a los españoles de sus esclavos para que España los exportara a sus colonias (también los exportó Portugal, claro). En 1502, llegaron los primeros esclavos negros a las islas del Caribe. En 1516, comenzaron a funcionar los primeros ingenios azucareros en la isla La Española (la actual República Dominicana). Por el tipo de producción intensiva de las plantaciones, pronto se necesitó mucha mano de obra: los indígenas no eran suficientes y el comercio esclavista se incrementó. A lo largo de cuatro siglos, Brasil, Cuba y el Caribe fueron los que recibieron más esclavos. A diferencia de los nativos, el esclavo era costoso: había que cazarlos, negociar con los reyezuelos africanos, y pagar un alto flete.

“¿Cuántos esclavos negros llegaron a América latina?”, se pregunta Miriam Gomes, descendiente de caboverdianos, nacida hace 45 años en Dock Sud, profesora de Literatura y especialista en letras africanas en lengua portuguesa. “Se habla de alrededor de doce millones de personas, entre el Caribe, Centro y Sudamérica. Yo manejo fuentes afrocéntricas y no eurocéntricas. Me baso en cifras del historiador nigeriano Joseph Nicory. Doce millones de africanos que llegaron vivos a las costas de América. Si calculamos los que murieron en el camino por inanición, deshidratación, epidemias y hacinamiento, llegaríamos a los sesenta millones de personas arrancadas de Africa. Quedaron despoblados territorios enteros. Si hoy Europa está superdesarrollada es porque subdesarrolló al continente africano durante cuatro siglos. El tráfico esclavista enriqueció principalmente a Eurora, y después a los Estados Unidos. Hizo, también, que se desarollara en forma colosal la industria naviera para permitir la triangulación entre Africa, Europa y América. Este tráfico -dice Gomes- fue el primer negocio globalizado: incluyó a todos los continentes. Los portugueses lo iniciaron, pero no fueron los que más se beneficiaron. Esas dos potencias (España y Portugal) estaban tan endeudadas que empezaron a cambiar deuda por licencias para que otros países participaran del negocio. Los beneficiarios principales fueron los ingleses, holandeses y franceses”.

Portugal tuvo cinco colonias en Africa: Cabo Verde, Angola, Mozambique, Santo Tomé y Guinea Bisau, sin hablar de las que tuvo en Asia: Macao, Timor y Goa. Según la profesora Gomes, Brasil fue el país de América que más esclavos negros importó: más de cuatro millones. Al Caribe llegaron entre dos y tres millones. “El resto se repartió entre el norte de América, Centroamérica y Sudamérica: todos los países sudamericanos tuvieron esclavos”. Con pena y una ira apenas contenida, Gomes dice que el tema de los negros y su influencia histórica y cultural, se desconoce completamente en la Argentina.”Estimamos, sobre la base de una prueba piloto que las organizaciones afrodescendientes hicimos en 2005 con el apoyo del INDEC, que el 5% de la población argentina es descendiente de africanos negros. En la encuesta que hicimos, un 20% dijo ‘no saber’, y hubo quien respondió : ¡qué horror, cómo voy a ser descendiente de esclavos negros!. Dado el alto nivel de prejuicio racial que existe en la Argentina, consideramos que el trabajo fue un éxito. Si proyectamos ese 5% entre la población, 1.800.000 argentinos reconocen que son descendientes de negros. Pero seguramente son más. Ahora queremos que la pregunta:¿Se considera usted descendiente de africanos negros? sea incluida en el próximo censo nacional, como se incluyó en 2001 la pregunta sobre los descendientes de indígenas”.

¿Cuántos esclavos africanos entraron a la Argentina? “Es difícil de precisar”, responde Gomes. “Existían los registros oficiales y el contrabando, que abarataba la mano de obra importada. Calculo que alrededor de 300 mil africanos ingresaron por el puerto de Buenos Aires. La mayoría se dirigía al interior a pie, incluso hasta el Alto Perú, con puerto de transferencia en Valparaíso, Chile. En Buenos Aires quedaban varios miles que se usaban para el servicio doméstico. La oligarquía criolla vivía del trabajo de los esclavos. Según el censo de 1815, había un 30% de población negra. Para algunos autores (como el argentino Ricardo Rodríguez Mola, que murió el año pasado), la población negra alcanzaba al 40% del total. El investigador estadounidense George Reid Andrews asegura que alcanzaba el 30%, pero en el interior, el porcentaje era mucho más alto, sobre todo en el noroeste: en Santiago del Estero más del 70% de la población era negra. Y en Córdoba, Chaco, La Rioja y Catamarca eran casi el 50%”.

En su libro La presencia africana en nuestra identidad (Ediciones Del Sol, 1998), la argentina Dina V. Picotti aporta más precisiones sobre esta “avalancha” de esclavos negros. “En la Argentina, tanto el Buenos Aires colonial con su interior, como las regiones de Cuyo, Centro, Noroeste y Noreste, fueron sociedades muy dependientes de los trabajadores esclavos, quienes se hacían cargo de las unidades de producción y de los diversos servicios domésticos. Sin su fuerza laboral, la economía se habría detenido rápidamente (…). Ninguna familia que aspirase a una elevada condición social en las ciudades americanas podía prescindir de su corte de sirvientes negros, al punto de que tanto los intelectuales de la colonia como los extranjeros concordaban en estimar desproporcionado el número de esclavos empleados en las viviendas, sugiriendo que se los podía destinar en mejores condiciones de hábitat y con más provecho económico a otras ocupaciones, como el trabajo en el campo y en los oficios. Pero en esa época habría sido difícil el mantenimiento de las casas sin ellos, y los propietarios que habían invertido en su compra y manutención, compensaban ese gasto alquilándolos para los oficios”.

La historiadora María Florencia Guzmán se ha especializado en la presencia africana en el noroeste argentino. “Los primeros esclavos negros llegaron a la Argentina en el siglo XVI y en la primera mitad del siglo XVII. Al principio, en forma esporádica. Hasta las primeras décadas del siglo XVIII, la mayoría de los que llegaban al puerto de Buenos Aires eran enviados hasta Córdoba (algunos iban a Chile y al Alto Perú; pero muchos quedaban en el antiguo Tucumán, que abarcaba el actual noroeste argentino más Córdoba). Esto se debía a que el punto de mayor concentración era el próspero Potosí. El tráfico legal (más caro) de esclavos se realizaba por el Norte -vía Panamá y Perú-, y así llegaban al territorio argentino. En cambio, el contrabando por el puerto de Buenos Aires permitía mejores precios. El negro era una mano de obra muy cara: un esclavo costaba entre 300 y 400 pesos, cuando un jornalero cobraba 8 pesos por mes. Los negros africanos trabajaron en Potosí, pero muy pocos lo hicieron en las minas: era una inversión muy cara y no convenía arriesgar sus vidas; mientras que el indígena estaba acostumbrado a las grandes alturas y su muerte no tenía relevancia económica. El negro no sólo estaba en las ciudades como trabajador doméstico: era muy bueno para las tareas artesanales y agrícolaganaderas”.

Guzmán narra cómo esos esclavos se mestizaron en el noroeste argentino con mucha rapidez: cuando se creó el Virreinato del Río de la Plata, en 1776 -explica-, Buenos Aires ya era una ciudad en constante crecimiento económico, sobre todo por la rentable exportación de cueros. “En 1810, se realizaron censos para saber cuántos varones adultos había, ya que las guerras de Independencia necesitaban soldados. Esos censos confirmaron que en el interior, la mayoría eran mulatos y pardos, casi todos libres, con varias centurias de hibridaje y mestización. En Buenos Aires, en cambio, todavía el 30% eran negros mulatos. Aquí, el mestizaje se concretó a lo largo del siglo XIX, que fue cuando la población negra tuvo mayor visibilidad en Buenos Aires. En el interior, ya se hablaba del criollo”.

El sociólogo Alejandro Frigerio pone el acento en “el ocultamiento de la negritud: otros países americanos -dice-, se construyeron encima del mestizaje. Los únicos países de Latinoamérica que la construyeron encima de la blanquedad son la Agentina y Uruguay. Es cierto: hubo una gran corriente inmigratoria europea, muy importante, pero ése no es el momento fundacional de la Nación. Además, se toma como representativo de la Nación a la Capital pero en el Gran Buenos Aires el panorama cambia: hay otro fenotipo. Toda la gente de piel oscura vive fuera de la Ciudad Autónoma. Pero en algún momento del día se ve a gente de piel oscura: son los cartoneros”. Frigerio cuenta que le empezó a preocupar el tema de la raza en 2001, cuando estalló la gran crisis. “Vi a dos chicas rubias, absolutamente blancas, pidiendo plata, y me asusté. Tenía naturalizado que la gente que pedía dinero en la calle sólo era la de piel oscura. La ciudad es blanca, europea, y es la que nos representa como Nación. No sólo es un prejuicio socio-cultural; es también racial. En la historia argentina siempre se identificó la falta de cultura con el color oscuro. Hice un estudio sobre la imagen que tenían los argentinos acerca de los negros a mediados del siglo XX, mirando notas y avisos que se publicaban en la revista Caras y Caretas, que entonces era muy popular. Las cosas que dicen allí de Josephine Baker, la famosa bailarina negra que estuvo en Buenos Aires en 1934, son horrorosas. Ese prejuicio después se trasladó a los ‘cabecitas negras’, los morochos que vinieron masivamente desde el interior en los años 40, muchos de ellos afrodescendientes. Con la inmigración europea se quiso tapar esta realidad. En Córdoba -sigue Frigerio-, había un 50% de negros. A partir de este dato, no es excepcional decir que la Mona Jiménez, el rey cuartetero, es afrodescendiente. Muchos de los cordobeses son afrodescendientes. Y qué decir de los orígenes del tango. Un historiador del arte, el norteamericano Robert Parrish Thompson, muestra cómo en todo el desarrollo del tango que culminó con el tango moderno aparece siempre el elemento negro. Hasta nuestros días: el notable pianista y compositor Horacio Salgán, por ejemplo, es afrodescendiente”.

Frigerio investigó sobre la negritud en Uruguay. “Al principio allá me decían: ‘Los negros son pocos, ya están desapareciendo’. Pero ahora, tras la irrupción de un fuerte movimiento afro, que empezó a tener mucha fuerza y se ha convertido en un interlocutor válido del gobierno, ya se admite que Uruguay tiene entre un 10% y un 12% de población negra”. En la Argentina, remarca Frigerio, casi no se estudia la negritud, como si nunca hubiera existido. “Carecemos de datos de censo actualizados. Hay historias de ocultamiento a nivel familiar, ya no sólo histórico, pero lo cierto es que en el Gran Buenos Aires hay muchísima gente que practica diversas religiones afrobrasileñas. A través de estas prácticas religiosas, de alguna manera están haciendo una relectura de la historia argentina. En la Capital, también hay muchísimos que hacen percusión afrouruguaya, afrobrasileña, danza afro y afrocubana. Lo afro ya es parte importante de la cultura juvenil porteña, y esto también ocurre en ciudades como La Plata, Rosario y Córdoba. En los últimos años, el candombe se extendió notablemente desde que las murgas comenzaron a danzar por las calles de Buenos Aires”.

Miriam Gomes quiere, necesita decir: “Domingo Sarmiento y Bernardino Rivadavia fueron afrodescendientes, y también lo es Maradona. Con estos nombres es suficiente. ¿Deberemos seguir ocultando nuestra historia de negritud?”.

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