Fontanrrosa: La más entrañable parodia de dos géneros literarios

Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso son los protagonistas de las dos historias gráficas más populares de Fontanarrosa. Inodoro es ya emblema nacional.

Jorge Aulicino .
jaulicino@clarin.com

En 1972, en la revista cordobesa Hortensia, nacen los dos personajes centrales de las historias gráficas de Fontanarrosa. El gaucho Inodoro Pereyra y el killer Boogie, el Aceitoso. Son dos referencias a su vez a géneros centrales de las literaturas argentina y estadounidense: la gauchesca y el policial duro.

La historieta de Inodoro será con el tiempo la de mayor peso (no sólo debido a la proverbial gordura de la mujer del protagonista, Eulogia Tapia), o al menos la más popular. Para decirlo también derecho: la mejor. Boogie hizo y hará reír con su violencia obscena. En Inodoro, en cambio, todos y cada uno de los tópicos de las historias rurales, los tics, el habla, han sido entrañablemente parodiados. Entrañablemente sí, porque la burla es a tal punto cariñosa y cálida que se termina por amar a Inodoro, sus desopilantes encuentros con los loros barranqueros, con el malón y con raros personajes perdidos en el desierto. Los retruécanos en el diálogo con el perro Mendieta, proporcionan un deleite inigualable; las bravuconadas machistas, el grito de la raza de Inodoro, una hilaridad permanente.

De este modo, también uno se ríe, más que del lenguaje criollo, de las exageraciones en la poesía “de raíz folclórica” escrita durante los años en que nació el irredento habitante del último rancho de adobe de la pampa húmeda. A cada rato aparecen en el texto palabras del léxico de los autores del Nuevo Cancionero, cuya pluma destacada fue Armando Tejada Gómez. Telúrica, gredosa, mineral: violencias, casi exabruptos, de una retórica rural revolucionaria.

La mascota Mendieta, un cristiano atrapado en el cuerpo de un cuzco de mala muerte, es tan popular en la Argentina que tal vez compita con éxito con el pato Donald y la muñeca Barbie. Ese fue un efecto lateral del humor honesto y cordial de Fontanarrosa. Pero el infinito juego de matices de su parodia de verdad cala en la historia y sobre todo en la literatura criolla. Sus efectos apuntan a las aristas de una épica, para limarla. Prueba de que toda su potencia viene y va desde y hacia lo literario es que Fontanarrosa juró que el tiempo que pasó en el campo durante su vida no suma más de cuatro horas.

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