La (re)construción del héroe

Con dibujos originales de Roberto Fontanarrosa, este Fierro apunta a narrar una historia de aventuras, con colores potentes y mechando humor como contrapunto del drama. Cómo convencieron al artista rosarino para compartir la aventura de adaptar el poema de José Hernández, cuyos bocetos ilustran estas páginas en exclusiva. Hablan los realizadores y el coguionista del filme.

Por: Miguel Frías

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Mañana llega a los cines un filme que, desde mucho antes de su estreno y al margen de su título, se instaló como El Martín Fierro de Fontanarrosa. Fontanarrosa, que nunca estuvo en el campo aunque creó a Inodoro Pereyra (mejor no gastar más adjetivos, ¿no?) fue, en realidad, autor de los diseños originales y coautor del guión. Fue una pieza, clave aunque no única, de un equipo numeroso y arriesgado: obsesionado por transformar el poema gauchesco de finales del siglo XIX en una película de aventuras apta para comienzos del XXI, sin que el héroe-antihéroe de José Hernández perdiera su carácter clásico, trágico y testimonial. Un desafío épico: cada espectador juzgará los resultados.

Horacio Grinberg tuvo la idea inicial y escribió el guión con Fontanarrosa. Liliana Romero y Norman Ruiz dirigieron el filme (ah, se llama, sin más, Martín Fierro, la película): Romero se encargó de los óleos que les añaden una geografía y una estética singular a los dibujos de Fontanarrosa. Los tres están sentados ahora en una oficina-estudio de Constitución. Los tres escuchan al periodista repetir una frase que, en broma, ¿en broma?, le dijo Fontanarrosa a Clarín: “No por nada al Martín Fierro le llaman la Biblia gaucha. Había que tener cuidado al pensar la historia: no fuera a ser cosa que uno desatara una guerra santa.”

“Conmigo fue más directo. Me dijo: Si nos metemos con el Martín Fierro nos van a cagar a patadas -sonríe Grinberg-. La primera versión que le mostré era, cómo decirlo, un poco más estilo Disney. El Negro tuvo claro que había que cambiarle el tono: decía que, se lo tomara como se lo tomara, el Martín Fierro era un drama gauchesco. Pero si no le perdíamos el respeto reverencial no podíamos hacer un filme de animación y aventuras. Tratamos de romper con la idea de que era un material intocable, sólo para bibliotecas.”

Cuya solemne canonización fue posterior a su publicación…

Grinberg: Sí, su canonización empezó en el centenario de la Revolución de Mayo. José Hernández publicó El gaucho Martín Fierro en 1872: en diarios, como un folletín que circulaba al margen de las clases cultas. En 1910, la necesidad de crear símbolos nacionales hizo que la obra de Hernández fuera rescatada. Frente al bicentenario, ojalá volvamos a leerlo.

La película afronta un doble desafío: lograr que los adultos vean animación y que los chicos sientan empatía con un héroe que, en el mejor de los casos, no les resulta contemporáneo.

Romero: Nos preguntamos cómo lograr que un chico viera a un héroe no tan héroe. Lo más rico de Martín Fierro son sus contradicciones. Sin dejar de lado sus características, puntamos a narrar una historia de aventuras, que no fuera tediosa ni muy hablada. Trabajamos lo visual con colores potentes, que llamaran la atención. Y mechamos humor, como contrapunto del drama.

Ruiz: En cuanto a los adultos, intentamos romper un mito: que las películas animadas son para chicos. En la construcción del filme tomamos como referencia westerns clásicos, como Erase una vez en el Lejano Oeste. E historietas como Corto maltés, que le encantaba a Fontanarrosa. Apuntamos a un público amplio.

Los personajes están animados con movimientos cortos y se mueven sobre fondos hiperrealistas, pintados al óleo. ¿Cómo tomaron estas decisiones?

Romero: Para que los dibujos de Fontanarrosa, que son planos, se movieran y conservaran sus características descartamos la animación en 3D y apostamos a un estilo más duro que el de Disney: más cercano al japonés, al animé. Con los fondos pintados al óleo, que trabajamos con un grupo de artistas plásticos, buscamos agregar volumen. Nuestra inspiración fueron artistas contemporáneos de Hernández, como Angel Della Valle y Prilidiano Pueyrredón.

Ruiz: Quisimos que los gauchos no les causaran a los chicos sensación de blandura, ni de gracia ni de simpatía. Que vieran a Fierro como héroe contemporáneo, estilo Samurai Jack: con ese tipo de soledad y movimientos. La secuencia de la pelea contra la partida policial de Cruz, que abre la película, fue fundamental: ahí encontramos la estética, la forma de adaptarnos al estilo del Negro y de respetar el texto de Hernández. Fuimos realistas, evitamos la exageración: al pelear, Fierro no da diez vueltas en el aire.

“El gaucho Martín Fierro” incluye la incorrección política. ¿Trataron de atenuar ese perfil del personaje?

Ruiz: Encaramos un Martín Fierro con el que te identificaras, con el que emprendieras el camino del héroe. Cuando él abandona a su familia contra su voluntad, cuando el sistema lo obliga a pelear en la frontera, ya tenemos al espectador con Fierro: el espectador sufre, pelea, se indigna, se subleva con él. La escena en la que mata a un negro provoca un quiebre: la sensación de hasta acá te acompaño. Incluir esa secuencia, controversial, muestra que respetamos la obra de Hernández.

Grinberg: Creo que no hay contradicción en Fierro. Mata al negro porque es el que le sigue en la cadena de oprimidos. Acaba de volver de la frontera después de tres años, se entera de que perdió a su familia, se emborracha y, desolado, ataca al que está debajo.

Ruiz: Me parece que da para el debate. Pero es cierto que en esa época era justificable.

Grinberg: Yo creo que en cualquier época es justificable. Sobre los marginados recae toda la violencia social y ellos ejercen esa violencia sobre otros. En general sobre otros marginados sociales.

Ruiz: Entonces estaríamos poniendo a Fierro a la altura del “héroe” argentino, tipo Maradona, que puede pegarle un tiro a un periodista… A mí me parece que la escena en que mata al negro te pone frente a una elección moral.

Los indios no quedan muy bien parados en “El gaucho Martín Fierro”. ¿Modificaron las secuencias de los ataques a las tolderías para que los indios también fueran mostrados como víctimas?

Ruiz: El poema de Hernández habla de esos ataques a las tolderías. Nosotros no inventamos esa escena. Pero mostramos un Fierro que comprende que ahí adentro también hay familias que sufren.

Romero: Cuando adaptás una obra de 1872 te encontrás con este tipo de problemas. Hernández escribió el Martín Fierro en una época en que estaba bien visto matar a los indios. De hecho, la Argentina se formó en base a esas matanzas. Hoy parece inaceptable. Pero a Fierro le ordenaron que peleara contra los indios y fue y lo hizo. Sí atenuamos la mirada sobre los indios: en la película no aparecen robando ni llevándose cautivas.

Como en otras películas animadas argentinas, en “Martín Fierro” se ven algunas publicidades. ¿Les costó incluirlas en un filme de estética cuidada?

Grinberg: No. No agregamos escenas para justificar publicidades sino a la inversa: pensamos qué publicidades, de productos de la época, se podían incluir sin alterar la trama, que quedó intacta.

Ruiz: Fue raro. Nos visitaron de distintas marcas que querían promocionar sus productos. Para incluir dos publicidades hicimos una investigación histórica de las botellas de vino y de ginebra. Los costos de esta película son muy grandes y, como directores, entendimos perfectamente las necesidades económicas.

Aunque en la Argentina no hay tradición de doblaje de animación, el trabajo de voces de los actores funciona bien. ¿Cómo encararon esta parte?

Romero: Buscamos actores de raza, que interpretaran a los personajes; no que les pusieran voces, no que leyeran los textos. Ninguno habla con tono de dibujo animado. Actuaron como si estuvieran arriba de un escenario.

Ruiz: El trabajo de Claudio Gallardou como director de actores fue fundamental. Y contamos con la experiencia y el talento de Daniel Fanego, en el papel de Fierro, de Roly Serrano y otros. Incluso tuvimos a Juan Carlos Gené: una rareza, un verdadero lujo.

Clarin

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